El joven caminaba entre el ruido de los motores y el murmullo constante de la Terminal del Sur de Medellín como uno más. A su alrededor, pasajeros apurados, encomiendas apiladas y vendedores que ofrecían café para el viaje. Nada parecía fuera de lugar. En sus manos llevaba un objeto común: un mofle de vehículo, envuelto en papel chicle, como tantos repuestos que a diario salen y entran por ese corredor.
Pero algo no cuadraba.
Al llegar al ingreso por la calle 10, su mirada esquiva y los movimientos torpes delataron una tensión difícil de ocultar. Los policías que realizaban controles de rutina lo notaron de inmediato. No era el mofle en sí, sino el nerviosismo de quien lo cargaba, el que encendió la alerta.
Cuando los uniformados tomaron el repuesto, la sospecha se hizo más clara: el peso no correspondía al de un exosto normal. La inspección fue cuidadosa, casi silenciosa. Al abrir el mofle, la fachada se vino abajo. En su interior, ocultas con precisión, aparecieron dos bolsas con base de coca, cerca de 800 gramos de la sustancia.
Según las autoridades, la droga tenía como destino el departamento del Huila y sería enviada a través de una empresa de encomiendas, una modalidad cada vez más frecuente para camuflar estupefacientes entre objetos cotidianos y burlar los controles.
El joven, de 29 años, fue capturado en flagrancia. En cuestión de minutos, pasó de ser un ciudadano más en tránsito a enfrentar un proceso judicial por tráfico, fabricación o porte de estupefacientes. La Fiscalía General de la Nación asumió el caso, mientras la droga quedó bajo custodia.
Detrás del procedimiento, los investigadores ven una historia que se repite: malas compañías, promesas fáciles y decisiones tomadas sin medir consecuencias. Jóvenes que aceptan encargos sin conocer —o sin querer entender— el peso real de lo que transportan, y que terminan siendo el rostro visible de cadenas criminales más grandes.
Para la Policía Metropolitana, el caso es una muestra de cómo el narcotráfico se infiltra en la cotidianidad, usando piezas comunes y rutas habituales. Por eso, aseguran, los controles en terminales y puntos estratégicos seguirán reforzándose.
Mientras tanto, para este joven, la vida quedó en pausa. El mismo trayecto que prometía una encomienda más terminó convirtiéndose en el punto de quiebre que lo alejó de la calle, de la rutina y de una parte de su juventud, ahora marcada por una decisión que no tuvo marcha atrás.


