En Castilla ya no manda el miedo. Cuando cae la noche y el movimiento baja, las patrullas no se esconden: aparecen las sirenas encendidas, requisas en las esquinas, motos detenidas, miradas atentas. El mensaje es directo y sin rodeos: a los ladrones se les acabó la fiesta.
Durante días, el barrio fue escenario de una ofensiva silenciosa pero contundente. No hubo anuncios rimbombantes, hubo acción. Controles estratégicos, vigilancia permanente y operativos sorpresa empezaron a cerrarles el cerco a quienes tenían el hurto como forma de vida.
Las autoridades desplegaron su estrategia en puntos críticos, esos mismos donde antes los delincuentes actuaban con rapidez y se perdían entre las calles. Hoy, esos corredores están copados por presencia institucional, verificación de antecedentes y control constante de motos y vehículos sospechosos.
Los vecinos lo sienten. Los comerciantes lo celebran. “Antes uno cerraba temprano por miedo, ahora se ve más control”, comenta un tendero mientras observa el ir y venir de los uniformados. La percepción de seguridad, golpeada por meses de robos, empieza a levantarse poco a poco.
Desde la institucionalidad aseguran que no se trata de operativos aislados, sino de una presión sostenida para recuperar el territorio y devolverle la tranquilidad a la gente trabajadora del sector. La consigna es clara: presencia permanente y cero tolerancia con el delito.

