Creyó que podía llegar, tirar los escombros en plena vía pública y marcharse como si nada hubiera pasado. Pero mientras el hombre hacía de las suyas en una calle de Medellín, había un detalle con el que aparentemente no contaba: una cámara del 123 tenía los ojos puestos sobre el lugar.
Todo quedó bajo la mirada de los operadores de la sala de videovigilancia.
Las cámaras detectaron al hombre justo cuando arrojaba los escombros y de inmediato se encendieron las alertas. Desde el 123 avisaron a la Policía Nacional y una patrulla fue enviada hasta el sitio.
Y ahí se le acabó la vuelta.
Los uniformados llegaron, verificaron lo que estaba ocurriendo y el hombre terminó con el respectivo comparendo por la conducta detectada.
Esta vez las cámaras no sirvieron para seguir a presuntos ladrones ni para acompañar una persecución por las calles de Medellín. Los ojos del 123 se activaron para proteger el espacio público y ponerle freno a una práctica que termina convirtiendo calles y rincones de la ciudad en botaderos improvisados.
Porque tirar escombros donde a uno se le ocurra no es simplemente dejar un montón de residuos y marcharse. La acumulación de estos materiales deteriora el entorno y puede generar problemas para la movilidad, la convivencia y el medio ambiente.
Así que pilas: esta vez pensó que nadie lo estaba viendo, pero desde el 123 ya lo tenían ubicado. La Policía llegó y el paseo terminó en comparendo. En Medellín hay cámaras pendientes no solo de los delincuentes, sino también de quienes creen que la calle es un botadero.


